jueves, enero 08, 2026

Italia, gracias por ser casa sin dirección exacta.

Hay países que no visitas: te visitan ellos a ti. Italia me encontró antes de conocerla. Antes de hablar su lengua, ya me hablaba.

Antes de pisarla, ya me habitaba.

Y cuando por fin la viví, entendí por qué: porque Italia es la canción que quieres que suene en ese instante, el abrazo que no has pedido. La sonrisa que no sabías que necesitabas. Es hogar sin número. Calles que te recorren. Pisadas que no se pierden en la noche: te encuentran y caminan a tu lado. Incluso cuando está lejos.

Gracias por darme refugio desde la distancia.

Por recordarme que existe la belleza que no exige.

La que simplemente está.

La que no me pide que me explique.

Italia no me salva.

Italia me recuerda siempre quién soy cuando estoy a salvo.



Italia, grazie per essere casa senza un indirizzo preciso.

Ci sono paesi che non visiti: sono loro a visitare te.

L’Italia mi ha trovata prima ancora che la conoscessi.

Prima di parlare la sua lingua, già mi parlava.

Prima di camminarci sopra, già mi abitava.

E quando finalmente l’ho vissuta, ho capito perché:

perché l’Italia è la canzone che vuoi sentire in quel momento,

l’abbraccio che non hai chiesto,

il sorriso che non sapevi di aver bisogno.

È una casa senza numero.

Strade che ti attraversano.

Passi che non si perdono nella notte: ti trovano e camminano con te.

Anche da lontano.

Grazie per offrirmi rifugio dalla distanza.

Per ricordarmi che esiste una bellezza che non pretende.

Quella che semplicemente è.

Quella che non mi chiede di spiegarmi.

L’Italia non mi salva.

Mi ricorda sempre chi sono quando sono al sicuro.

miércoles, julio 23, 2025

De vuelta de todo. De vuelta de mí.


Durante demasiado tiempo este manuscrito ha dormido en un cajón. 
Una historia nacida entre salas de cine, conversaciones largas y pasados que no se apagan del todo.

Este verano —sin mapas ni viajes exóticos— he decidido volver a viajar dentro de mí.
Y lo estoy haciendo entre las líneas de esta novela que ahora, por fin, he terminado.

Aquí os dejo la sinopsis de Cinema Apocalipto. Los perros del olvido.
Iré compartiendo fragmentos. Y espero que pronto podáis leerla entera.

Gracias por seguir ahí. Siempre.





El Cine Bahía llevaba años iluminando la calle estrecha que lo mantenía oculto. Oculto de miradas que no quisieran verlo, de amores prohibidos, de manos que trepaban por faldas de lana y lino, por pantalones; robos de besos sin la menor traición. Amantes y amores escondidos. Prohibidos. Delante y detrás de la pantalla.


No podría recordar cuántas veces había tocado Sam al piano, una y otra vez: “Time goes by...”; ni cuántas veces Tara se había arruinado, secado y vuelto a cultivar. Aunque sí recordaba, como si fuera hoy, el sonido del guante de Gilda resbalando por su brazo. Las caídas del inspecteur Jacques Clouseau de la Sûreté por ventanas y puertas. La mirada de Igor. Todos tenemos nuestros propios momentos fetiche.


También podría citar miles de películas que explican cómo y cuándo llega el Apocalipsis. Lo mismo da que sea por culpa de habas gigantes que escupen hombres tan perfectos como insípidos, platillos volantes con forma de ensaladera, o Drácula con maquillaje.


Lo que nunca imaginó es que sucedería allí: en sus calles, en las personas que tan bien conocía. Personas que sentaban sus culos y sus almas por unas horas a oscuras, en las butacas de terciopelo granate.


Que el Apocalipsis llegaría sin ruido. Que desaparecerían sin saber dónde buscarles. El peor de los guiones: un Apocalipsis en silencio. Y que, después de irse, los dejarían solos. A ellos. A los más fieles. Nobles ayudantes de vida.


Los perros del olvido.


Y él quería hacer algo para impedirlo.

Y no sabía qué, salvo seguir abriendo las puertas.

Iluminando el mismo tramo de calle cada noche, como si nada hubiera pasado.




Porque a veces, lo único que impide que el Apocalipsis nos trague del todo… es que alguien siga encendiendo una luz.

domingo, enero 19, 2025

Feria

 


Ella observa atenta al hombre forzudo que levanta en una mano una gran pesa, que se le antoja de plástico, mientras en la otra sujeta a una bailarina como si también lo fuera. 

Él en cambio la observa a ella. Está sola. Tiene el pelo largo y enredado en un pañuelo entre el cuello, los ojos muy abiertos, los rizos... Y unas horribles botas. Aplaude con entusiasmo cuando el espectáculo termina.

Se vuelve y también lo mira. Al hombre de los ojos claros. Nunca es capaz de distinguir el color. 

Los dos sonríen. No saben bien por qué. Quizá porque suena música por todas partes, por el ruido de las atracciones, las voces y gritos de la gente. Allí todo se entremezcla en un cóctel imposible de no beber de un trago. Hasta las luces suenan. Una orquesta en un pasacalles improvisado pasa por delante, ella le tiende la mano. 


– ¿Bailas?


Él le responde cogiéndola por la cintura, dándole tantas vueltas como la noria que les cubre las espaldas. Algunos curiosos aburridos de sus propios pasos los miran bailar. Ellos ríen, giran. Giran. Y giran. 

Y sin soltarse recorren esas calles en círculo infinito que solo la magia decadente de un carnaval de luces esconde. Feria.

De la noria, pasando por la casa del terror. Del terror a la atracción más peligrosa. Ella no quiere. Él la mira sorprendido. No parece una persona que tema algo tan absurdo. Ella se da cuenta y sube. Tiembla. Y ese no disimular su terror ridículo la vuelve aún más bonita. Le daría un abrazo. Le diría que no tiemble, que no va a pasarle nada. Que no va a dejar que le pase nada. Pero ella lo mira como si supiera que va a hacerlo. Decirlo. Parece ofendida. Y él se limita a sonreírle. Y no dice, no hace nada... Ni ella aunque está aterrada. Pero no lo reconoce, no le dice nada. Ahora piensan cuántas veces deberían haberlo hecho. Haberlo dicho. 

Aún tambaleándose corren hacia la verbena. Ella tiene su piel blanca casi transparente. Como un libro sin letras. Dice él. Pero sigue sin parar de reír. 

Brindan. Por ellos. Por todos. Con todos. Hacen de la fiesta su propio mundo. Y bailan. La orquesta toca solo para que ella baile y él. Juntos en esa verbena.

Y hablan. Él le cuenta su vida. Ella la suya. Pero él no quiere conocerlo todo. Sabe que si se cuentan los mejores rincones y secretos, hasta las luces de la más brillante de las atracciones pueden apagarse. Y no quiere eso. No con ella. 

Los besos.

Ella le hunde la mano en los rizos y le despeina el pelo. Le observa cuando no se da cuenta. Esas ganas increíbles de ser niño. Cómo habla con todo el mundo, mientras brinda como si el día antes del apocalipsis pudiera llegar en cualquier momento. Y siente que lo conociera de antes. De antes de tanto que ni recuerda. 

Él la mira bailar. Siempre le gustó hacer reír. Pero aún le gusta más escuchar cómo se ríe ella. Con él. De todo. Todos. 

Las horas pararon. Paró el tiempo que dejó su rutina absurda de contar, para dejarse arrastrar, atrapar entre luces y ruido. Como ellos. Atrapados en más fiesta, bailes. Más besos. Los besos... Feria.

Tanto de tanto que llegaron hasta la atracción de los espejos. Nunca habían entrado allí. En la primera sala se vieron altos, con frentes enormes. Risas. En la siguiente sala un millón de reflejos. Se miraron, pensando que nunca serían como esas imágenes aburridas que proyectaban los demás. Se soltaron, solo un momento, y el laberinto de espejos les devolvió tantos reflejos de sí mismos, que no supieron por dónde seguir. Se perdieron. También las risas. Se llamaron, pero solo escucharon el eco rebotando y escupiendo su voz aturdida en cientos de caras. Él daba vueltas en círculo buscándola. Ella también. Vueltas alrededor de cientos de sí mismos. No pararon de buscarse. Hasta que al final encontraron la salida. 

jueves, mayo 25, 2023

 Igual lo más bello tarda en aparecer porque se está vistiendo para una fiesta. No debe ser fácil llevar un frac impecable. Todo el día. Cada día. Y caminar a pasitos lentos para mostrar que se vistió de belleza. Hasta encontrarse con otro que decidió hacer la misma locura. Luego, para qué marcharse...

Fotografía Albert Dros

martes, mayo 16, 2023

De esperas

Te espero al final de la calle. Aquí donde ya no se oyen los chismes de las comadres, las voces de los vientos circulares. Hoy es la noche. Aunque podría ser cualquier otra. Llevo un puñado de lápices de Ikea en la mano. Si pasas de largo me pincharé (solo un poco) con ellos para obligarme a dejar de mirar tu espalda. Pero si te paras y me sonríes con cara de Vadinho, te lleno de abajo arriba de graffiti temporales.


*Vadinho: mi adorado personaje de: "Doña Flor y sus dos maridos"



viernes, abril 07, 2023

Miradas



Si las miradas hablasen las calles estarían llenas de ojos afónicos. Ojos irritados. Ojos con brillo de venganza vengada. Ojos mirando al suelo: ‘No me atrevo’. Bocas aburridas. Ojos felices. Ojos apasionados. Exultantes.

Si las miradas matasen las calles estarían llenas de ojos avergonzados. Ojos que disimulan mientras caminan a trompicones por un espectacular “True crime” de siluetas pintadas en el suelo con tiza blanca.



miércoles, septiembre 07, 2022

Me quiso entre copas



Calor. El calor era tan fuerte que se había rendido ante la humedad, la falta de respiración, la angustia, el verano. Noche que huele a ventilador que mueve pasado, futuros y deja presentes desconcertados. De nada servía abrir ventanas, moverse lento, ni llenar el suelo de agua. Nada iba a conseguir aplacar esa furia condensada. Sólo se podía estar inmóvil  y no pensar. Sólo así el calor acariciaba el cuerpo y desesperado ante tal letargo pasaba de largo en busca de otra víctima.
 
Había rendido mis sentidos al silencio cuando pensé en él. Veinte años antes, igual que ese tango que en realidad nunca quiso volver. 
El calor como una visita que le gusta ser inoportuna se acomodó a mi lado. En mi cuarto. El cuarto azul. El cuarto de los sueños y como en los bellos folios de Duras y su amante de la China del Norte, él llegó.

La memoria, los recuerdos reales, los imaginados, los sueños lentos de verano, del pasado se sentaron a nuestro alrededor, dispuestos a desentrañar, tantos años después nuestra historia. La suya. La mía. Lo que hubiera de común, si existía algo en ambas. Y es cuando supe que la memoria y los recuerdos son proporcionales a los sentimientos, mucho más que lo son al paso del tiempo.

Habló rápido, algo extraño en él. Le recordaba calmado. Pero hablaba con la ansiedad de un muchacho que necesita explicarse y le falta el tiempo para hacerlo porque este se escapa. A fin de cuentas ha vuelto a ser ese chico, y ya no es el hombre, y está en una noche de agosto del pasado mirándome, mirando a esa chica. No a la mujer que parpadea con los ojos sonrientes ante sus palabras atropelladas.
Y es cuando me doy cuenta. Tiene prisa. Mucha. Quiere decírmelo todo antes de volver al presente. De viajar de nuevo hasta hoy. De volver a su vida. Yo a la mía. Ser de nuevo la mujer. Ser de nuevo el hombre.

Me mira. Como siempre me miró. Es cuando recuerdo por qué nunca pude olvidar sus miradas. Nadie lo hizo así. Ahora lo sé. Y mañana que será hoy debo recordarlo.

El calor no se queda quieto. Revolotea recordando que el viaje se termina pronto. Que ni siquiera va a durar toda la noche, que antes de que se marche, él también se habrá ido. 

Me cuenta y me habla del peso de lo que pudo ser y no fue, ese peso que ha permanecido dando vueltas en mi cuarto azul, también lo hizo en el pasado alrededor de su cuarto blanco. Ha ido de mi cuarto a su cuarto de vez en cuando, a lo largo de una vida. De dos diferentes. Vidas que nada tenían que ver entre nosotros.

Me cuenta lo importante que fui para él. Para el chico. Y es entonces cuando ya hasta se puede escuchar el sonido del bar, de las copas de fondo. 
Y yo también le cuento esas veces en las que me pregunté por qué no vino. Sonreímos. Y escuchamos el sonido del pasado que por fin deja de pesar. Me mira una vez más. Le sonrío. 
El sonido lejano del botellín de cerveza al apoyarlo sobre la barra veinte años atrás. Se escucha el sonido de los hielos redondeados derritiéndose en el fondo de los vasos. La música. 
Él se marcha. Para volver a hoy. Al presente. Al calor insondable de agosto. Porque el chico ha venido de muy lejos esta noche de verano para decirme que, entre copas, me quería.